El choque del final

columna gennari

Lector no son estos escritos espacios donde yo necesite expandir mi vanidad. A esta altura de mi vida ya eso es tiempo pasado. Pero luego de pensarlo un poco, creo que bien vale la anécdota. La escena es la siguiente, mi mujer está al volante y yo a su lado escribiendo esta nota sobre una laptop apoyada en mis rodillas y con plena conectividad a la nube. Estamos recorriendo el trayecto Tallahassee (Capital del Estado de Florida) para hacer noche en Jackson (Capital del Estado de Mississippi) y al otro día destino final Dallas (Texas), vía la I-20W. En este preciso momento estamos sobre la I-10W. Amplia interestatal, donde en la serenidad del viaje, más el piloto automático de nuestro auto, el relax que significa poder parar en cualquier lugar en los que encontraremos varias ofertas de gasolineras, limpios restaurantes y minimercados, me permiten escribir mis mil palabras semanales y reflexionar en lejanía sobre lo que nos pasa. Suena poco creíble, pero así lo es. Los muchos que me conocen saben muy bien de qué hablo, ya que no es otra cosa que amor por la tierra donde crecí y me desarrollé.

Por favor ahórrese el lector toda deducción respecto a que es fácil opinar desde fuera del país ya que es en Argentina donde justamente tengo parte de mi familia, mi propia casa y mi empresa. Es en ella, donde ciento cincuenta empleados, en la zona de Villa Crespo, corazón del Polo Audiovisual, tienen sus esperanzas e ilusiones. Cuarenta y seis años de aportes jubilatorios en forma ininterrumpida, me permiten ponerme desde un lugar de saber muy bien qué es y no es nuestra patria. Le ruego también que aleje la idea que vengo a enrostrar otro estilo de vida. Me formé en los barrios más profundos del país, supe de desazones y sueños interrumpidos. Atravesé inflaciones de cualquier grado y tenor. Soporté corralitos y corralones, hogares donde el postre era inexistente y lo poco que había se compartía. Me formé en “escuelas” y no en “colegios”. La suerte de hermano mayor me permitía recibir ropa nueva, la cual luego en un proceso de degradación inevitable, llegaba a la menor de mis hermanas.

Aquí estoy, en plena perfecta ruta y ante la carencia de disparadores y la necesidad del cierre periodístico, entre tanto paisaje, obras en caminos, puentes que todo lo cruzan, máquinas de trabajo y operarios, viendo en suma un país trabajando a full ya prácticamente inmune al COVID, es cuando mi mujer me sugiere escuchar temas por Spotify que salen vía el Car Play de nuestro auto. Ella, sabedora de mi necesidad de inspiración, pone una Lista de René (Calle 13), mi tributado de hoy. Y es entonces cuando estalla mi cabeza. El día se hizo más día y con claridad un torbellino de ideas se agolpan entre mis dedos, mi computador y las amplias carreteras. Las sesenta millas por hora de velocidad crucero, me llevaron sin escalas a la bonaerense Avenida Pavón que yo conocí. Ancha banda empedrada que une el Puente Pueyrredón con lo más profundo del Sur. De Avellaneda hasta Burzaco y más, recorriendo un sinfín de talleres y fábricas de todo tipo, con un fluir incansable de gente trabajando, yendo y viniendo.

Allá por los años setenta recorriéndola con mi viejo, ya que al trabajo íbamos, tuve uno de esos momentos de cambios terminales. Mi padre me dejaba cerca de Cangallo y Nueve de Julio para luego irse a su oficina en Paseo Colón y Belgrano. Pero antes y con precisión absoluta en la esquina de Pavón y Galicia, entre las industriales y vigorosas ciudades de Gerli y Avellaneda, el viejo al escuchar una noticia en la radio, detiene el auto y larga un llanto sin consuelo. Mis apenas pasados veinte años, llenos de imaginaciones y nada de preocupaciones me ponían por un instante, ante la angustia de un padre. Terrible, penetrante, arteramente inolvidable. El “Rodrigazo” se había anunciado y con él se disparaban deudas de la familia y extremas complejidades en el trabajo. Lo que ya era escaso ahora sería nulo. Salgo de mi recuerdo un segundo y la I-10W se sigue mostrando vigorosa y altanera, muy alejada de la empedrada avenida sureña. Desde ese día, ya nada me asombró. Desde ese día supe que mi destino sería trabajar muy duro pero pensando siempre en el exterior. No puedo decir que todo lo tenía muy claro, ya que creo que me guiaba más un instinto de supervivencia que una estrategia determinada. Estudié y leí mucho, alcanzando diversos títulos de cartulina que por allí tengo tirados; pero lo que me dio fortaleza en la vida fueron las “balas”, tomando ese concepto de René, como los terribles golpes que nos fuimos dando de unos cincuenta años para acá.

Argentina a toda velocidad va hacia el choque final. Algunos se rajan para otros rumbos, otros vitorean falsas y vacías fanfarrias y los más, deben quedarse sabiendo que el tren descarrilará pero nada pueden hacer por impedirlo. No es que los guía la morbosidad de ver chocar nuevamente a nuestro país, simplemente no tienen la posibilidad de irse a trotar por otros pagos. Una y otra vez, mi provocación intenta generar movilidad y rebeldía dentro de una revolución pacífica, aunque pueda tener en su embrión algo de insubordinación civil. Escribo, escuchando a René “somos las sobras de los que nos robaron”. Arremete el puertorriqueño con los señores de “los discursos políticos sin saliva”. Mi mujer me dice pongamos la radio (vía una aplicación), ya que habría conferencia de prensa de alguno de esos señores con los que tenemos “algo personal” (gracias Nano). Pero de René me queda la frase que esos hombres del poder momentáneo no sostienen nuestras banderas y no se han dado cuenta que si bien el pueblo casi ya no tiene piernas, aún camina. Dolorido pero camina. Su piel curtida por los golpes hace que el aguante sea digno y resistente.

El choque es inevitable, pero en la cultura de la resistencia hemos sido formados. Y para que nadie haga uso político de Calle 13, suponiendo que es de izquierda, bien vale escuchar su “aguantamos al cruel, al capitalismo, al feudalismo, al comunismo y al socialismo”. Ruego, para no volver a equivocarnos en esta noria sin fin, tener la capacidad de perdonar pero jamás de olvidar. Los señores del poder pasajero se podrán comprar Puertos Maderos, Miamis, barcos para llevar a sus botarates testaferros y aviones para trajinar maletas con “físicos” billetes, pero “no podrán comprar la lluvia y el viento”. Somos parte del pueblo que se puede creer la mentira, ya que a veces no soporta enfrentarse la verdad. Pero luego del choque ya vendrá el tiempo del desquite, ya que las caretas se caerán.

Escribí estas líneas en el Día del Trabajo y usted las leerá vaya a saber cuándo. Solo con un sustento laboral firme podremos crecer. Y si a ese sustento laboral firme lo acompañamos con esfuerzo y estudio, por mas que al país le vaya como le vaya, puedo asegurar que a usted la buena hora le llegará. Los mediocres que creen que “algo vendrá de arriba”, terminarán con el cuello duro por estar mirando hacia horizontes que nunca les traerán más que dádivas con precio. Me apiado de ellos, sabiendo que siempre tendrán motivos para arrojar culpas a diestras o siniestras. Los esforzados que tienden sus manos para trabajar más y también para ayudar al compañero, son los únicos que crecerán. No es fácil darse de cuenta de esto. “Si la experiencia es un peine que te dan cuando te has quedado pelado” (Ringo), les pido que crean en las palabras de este hombre de 67 años. El fruto llegará luego de mucho sacrificio. Los que más me conocen, saben muy bien que nada me ha sido regalado. Innovación constante, toma de riesgos, respeto por las reglas, foco en el cliente y apoyo a todos los empleados, han sido los ejes básicos del desarrollo logrado. Agregaría algo de insubordinación hacia lo que políticamente estaba aceptado. Por un instante, la I-10W me devuelve el llanto de papá, pero también me muestra todo el buen camino recorrido.

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Sobre méritos y falsas medallas

Fuente: ARGENTINA | https://www.infobae.com

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